jueves, 29 de octubre de 2009

EL ANGEL DE LA BICICLETA

http://www.youtube.com/watch?v=facKCZhz7eE


Ocurrió en diciembre, en los días del hambre, cuando los poderosos habían despedazado el país y lo habían ido vendiendo trocito a trocito, cuando el dinero de los que tenían algo se convirtió en papel del monopoly y finalmente desapareció secuestrado por los bancos, cuando los que no tenían nada siguieron sin tener nada y después tuvieron algo menos que nada.
En esos tiempos, en una tierra que había sido la despensa del continente, era difícil conseguir tres comidas diarias y la gente empezó a alimentarse de su imaginación.
Se volvió al trueque; se organizaban mercadillos en los que se cambiaban dos madejas de lana verde por un pastel de calabaza, una pastilla de jabón de olor por media lata de carne en conserva o un paquete de café por dos tarros de mermelada casera. Delante de los bancos se organizaban determinados días de la semana, interminables colas para sacar un poco de dinero con el que pagar el recibo de la luz y evitar que la compañía cortase el suministro.
En los barrios más pobres, se organizaron comedores colectivos en los que se intentaba garantizar que, al menos los niños, tuvieran una comida digna al día. Todo el mundo llevaba su olla con lo que había podido encontrar y el guiso se compartía. Y cuando la buena voluntad no alcanzaba, se empezaron a asaltar supermercados. Como única respuesta, la autoridad decretó el estado de sitio. Se suspendieron, otra vez, todos los derechos y garantías constitucionales, la libertad de expresión y la de reunión. El horror y el espanto del fantasma de la dictadura volvió a aparecerse por calles y plazas. Pero esta vez la gente no acató y poco a poco comenzó a oírse por ciudades y pueblos un rumor que fue creciendo hasta convertirse en estruendo. Cientos, miles de cacerolas eran golpeadas desde balcones, desde ventanas, desde portales. Y después, salieron a la calle para decir que ya no tenían miedo, que ya no iban a poder con ellos, que no obedecerían ninguna orden que viniera de un poder político al que ya no se le reconocía ninguna autoridad. “Que se vayan todos”, gritaba la gente y en ese “todos” estaban englobados senadores, diputados, funcionarios, jueces y hasta el mismo presidente.
Ocurrió en diciembre. La mañana del 18. Claudio trabajaba en un comedor escolar y recorría uno de esos barrios de casas de chapa montado en su bicicleta, intentando conseguir unos huevos o un trozo de carne con los que ayudar a inventar la comida del día. También organizaba talleres y actividades con los muchachos, abocados, como sus padres, al paro y a la ignorancia. En su barrio también se saquearon dos supermercados en los que apenas ya quedaba nada y el ejército, por orden gubernamental, salió a la calle. Tomaron la plaza donde estaba su escuela y empezaron a disparar. Él se subió al tejado gritando “Bajen las armas, que aquí solo hay niños comiendo”. Una bala del comando 2270 le atravesó la traquea.
Después de su muerte las paredes del barrio, de la ciudad entera se llenaron de bicicletas aladas y de inscripciones “Claudio vive”. “Bajen las armas, que aquí solo hay pibes comiendo”

viernes, 23 de octubre de 2009

miércoles, 14 de octubre de 2009

LA GALERIA DEL MALECON


SABIDURIA CALLEJERA


SERPIENTES DE ARENA

Volvió de uno de sus viajes contando que en lo más profundo del Desierto del Sahara, en un lugar donde el oasis más cercano está a más de una semana a lomos de camello, habitan unos seres bajo la arena, que solo salen a la superficie cuando el sol se pone y la temperatura baja de cero grados.
Estos seres, de cuerpo transparente, cuya forma recuerda vagamente la de las serpientes, pueden llegar a medir hasta cuatro metros de longitud y poseen una especie de largos brazos acabados en palas, con las que excavan galerías en la ardiente arena que hay bajo las dunas. Sus ojos sin pupila se protegen con un párpado fino y transparente que siempre llevan bajado, lo que les permite ver sin que los diminutos cristales multicolores les rayen la mirada.
Algo parecido a unas escamas, violetas y duras, cubren la mitad anterior de su cuerpo. Aunque el viajero pensó que servían para proteger su hermosa piel traslúcida, después de varios encuentros con ellos, descubrió que en realidad cada una de esas escamas es un sofisticado aparato auditivo, que les permite oír el más leve murmullo a muchos metros de profundidad y a varios kilómetros de distancia. Esto es muy importante, pues estos seres, cuyo nombre el viajero no supo decirme, se alimentan exclusivamente de las canciones e historias que nacen alrededor de las hogueras, cuando las caravanas se detienen para descasar en sus largas travesías hasta Tombuctú.
Aunque su aspecto es inquietante e incluso algo repulsivo, tienen un carácter dulce y cariñoso, y no es extraño verlos, ahítos de historias, acurrucados y azules entre los pliegues de las túnicas de los tuaregs dormidos o sobre las cuerdas que tensan las jaimas.
Antes del amanecer, vuelven a zambullirse bajo la arena, pues el ardiente sol del desierto puede matarles, por lo que el viajero, que aseguraba que eran totalmente reales y que él los había visto en multitud de ocasiones, cuando los ministros del sultán le amenazaron de muerte si no les traía un ejemplar de su siguiente viaje, tuvo que admitir, que quizá los había soñado.

EL HORMIGUERO




Llevaban meses haciéndole pruebas: oftalmólogos, neurólogos, alergólogos, hasta un equipo de psiquiatría. Finalmente, ganaron la partida los neurocirujanos y concluyeron que esos hormigueros laboriosos que veía sobre cada uno de los objetos que enfocaban sus ojos, como un dibujo hecho en acetato y colocado sobre una imagen, eran parte de la sintomatología típica de una malformación en su conducto medular.
Había que intervenir. La operación era muy sencilla, le dijeron. No duraría más de siete horas. Tan solo había que abrir a la altura de la nuca y despejando músculos, tejidos y venas, llegar a las vértebras, que como estorbaban un poco, serían limpiamente seccionadas hasta acceder al conducto medular. Una vez en él, se ensanchaba con los instrumentos adecuados, hasta que dejaba de presionar el bulbo raquídeo.
No se asustó, confiaba en los médicos, pero sobre todo sabía que no podría seguir conservando la cordura si seguía conviviendo mucho más tiempo con obreras laboriosas, con hormigas soldados de feroces mandíbulas, con las celdillas de las larvas aumentando de tamaño día a día. Y lo peor de todo, en un par de semanas, se produciría la eclosión de las que podrían llegar a convertirse en reinas...