martes, 23 de noviembre de 2010

LA PRIMERA VOCAL

(Para Aña y todas las "As")


La primera vocal.
La de la luna.
La de la ola y la marea.

La niña lista
peinada con flequillo y con trenza.
La niña mala.
La dona hermosa y fuerte,
La sensible y la tonta.
La inclinada a dejarse embaucar
por “oes” canallas.
La que no miente nunca,
la rebelde.

También la “a” de madre,
La de hermana y abuela.
La de hija, que abarca tanto
que da la vuelta al mar
y siempre vuelve.

La inmensa “a” de amiga,
la de la sal y el agua,
la del pan.

Y volando entre todas y en su origen
las “aes” de amor y tierra.

martes, 18 de mayo de 2010

HAYKUS (O ALGO PARECIDO)

Flecha hacia el cielo
la primavera vuela
vencejo arriba.


La peonía
Crece ajena al peligro
Y a su belleza.


La noche llega
Escondiendo en sus sombras
fuego y mentiras.



El árbol bajo el viento
Barco sin mar
Esperando el diluvio.


Los chopos en hilera
Silencio vivo
Catedrales frondosas


Árbol dorado
Leña seca en la tarde
Serenidad.


Cigüeña en vuelo
Percha para colgar
La luz del día.

En mitad de la tarde
Lloramos lluvia
Antes del arcoiris

miércoles, 28 de abril de 2010

ME FUI DE LA CASA

Me fui.
Me fui de la casa de mis padres
Me fui y salí al mundo.
Caminé por mesetas y desfiladeros
por planicies terribles donde tan sólo habitan
los huesos calcinados de los bueyes
Por desiertos oscuros
donde duele sentir.
(También por lunas frescas
con aroma a ajedrea)
Vaje por continentes que no están en los mapas. Locamente, me vestí de locura.
Comí del pan amargo del olvido.
Quise morir tres veces
y en mitad de la última agonía
vi tu sonrisa
florecida de lluvia.

viernes, 9 de abril de 2010

LA CASA FAMILIAR

LA CASA FAMILIAR


Las cenizas del pasado crecen
y abrigan este espacio inventado
esta raíz mutante
que sostiene y a la vez destruye.
Esta gruta olorosa
a invierno y a membrillo.
Debajo de la cama habita el miedo
y espero, con ojos como agujas
el beso de mi madre
que apacigüe las sombras



II

Aquí cabemos todos,
en esta casa que es ceniza y ombligo,
pies contra pies,
abrigados al cálido brasero
de ese invierno mutante de la infancia.
Llovió durante años
y la madre se convirtió en raíz,
encandiló a los niños
cosiendo historias rotas en sus párpados.

domingo, 21 de marzo de 2010

Doce huesos duros de roer en el Bar Santana. Segovia




Después de nuestra presentación en la libreria Traficantes de Sueños, en Madrid, a finales de enero, el trece de marzo los "Doce huesos duros de roer" llegaron a la tierra del Acueducto.


El Bar Galería Santana nos acogió y se llenó de amigos que nos dieron su calor y su aplauso. El periódico El Norte de Castilla, nos hizo un huequecito cerca de una de las esquelas del maestro Miguel Delibes.


Desde esta estación de sueños, desde la que apenas salen trenes, parte hoy uno lleno de gratitud a todos los que nos acompañaron y nos ayudaron ese dia.


Exasperados en Segovia


lunes, 2 de noviembre de 2009

INSPIRACION


Ella sale de casa con el bolso vacío. Apenas unas llaves, una hoja de papel, dos o tres sonrisas y una caja con lágrimas. Recorre la ciudad escudriñando los hospitales, las casas en ruinas, las esquinas donde las agujas buscan venas azules y papagayos muertos. Su botín es la ira y la desesperanza, se alimenta del frío y del olor a pena. Se esconde en los ojos de los amantes ciegos, en las bocas de las madres que vuelven una y otra vez a las puertas de los colegios vacíos, en los parques donde los toboganes se han manchado de sangre. Ella sale de casa con el bolso vacío, pero cuando regresa a su guarida húmeda, transporta una mochila oscura con olor a miseria. Se acurruca debajo de la escalera y con la paciencia de una larva hambrienta, va hilvanando palabras en relatos sin titulo, poemas escuálidos que hay que leer a la luz de los espejos rotos. Ella sale de casa con el bolso vacío.

jueves, 29 de octubre de 2009

EL ANGEL DE LA BICICLETA

http://www.youtube.com/watch?v=facKCZhz7eE


Ocurrió en diciembre, en los días del hambre, cuando los poderosos habían despedazado el país y lo habían ido vendiendo trocito a trocito, cuando el dinero de los que tenían algo se convirtió en papel del monopoly y finalmente desapareció secuestrado por los bancos, cuando los que no tenían nada siguieron sin tener nada y después tuvieron algo menos que nada.
En esos tiempos, en una tierra que había sido la despensa del continente, era difícil conseguir tres comidas diarias y la gente empezó a alimentarse de su imaginación.
Se volvió al trueque; se organizaban mercadillos en los que se cambiaban dos madejas de lana verde por un pastel de calabaza, una pastilla de jabón de olor por media lata de carne en conserva o un paquete de café por dos tarros de mermelada casera. Delante de los bancos se organizaban determinados días de la semana, interminables colas para sacar un poco de dinero con el que pagar el recibo de la luz y evitar que la compañía cortase el suministro.
En los barrios más pobres, se organizaron comedores colectivos en los que se intentaba garantizar que, al menos los niños, tuvieran una comida digna al día. Todo el mundo llevaba su olla con lo que había podido encontrar y el guiso se compartía. Y cuando la buena voluntad no alcanzaba, se empezaron a asaltar supermercados. Como única respuesta, la autoridad decretó el estado de sitio. Se suspendieron, otra vez, todos los derechos y garantías constitucionales, la libertad de expresión y la de reunión. El horror y el espanto del fantasma de la dictadura volvió a aparecerse por calles y plazas. Pero esta vez la gente no acató y poco a poco comenzó a oírse por ciudades y pueblos un rumor que fue creciendo hasta convertirse en estruendo. Cientos, miles de cacerolas eran golpeadas desde balcones, desde ventanas, desde portales. Y después, salieron a la calle para decir que ya no tenían miedo, que ya no iban a poder con ellos, que no obedecerían ninguna orden que viniera de un poder político al que ya no se le reconocía ninguna autoridad. “Que se vayan todos”, gritaba la gente y en ese “todos” estaban englobados senadores, diputados, funcionarios, jueces y hasta el mismo presidente.
Ocurrió en diciembre. La mañana del 18. Claudio trabajaba en un comedor escolar y recorría uno de esos barrios de casas de chapa montado en su bicicleta, intentando conseguir unos huevos o un trozo de carne con los que ayudar a inventar la comida del día. También organizaba talleres y actividades con los muchachos, abocados, como sus padres, al paro y a la ignorancia. En su barrio también se saquearon dos supermercados en los que apenas ya quedaba nada y el ejército, por orden gubernamental, salió a la calle. Tomaron la plaza donde estaba su escuela y empezaron a disparar. Él se subió al tejado gritando “Bajen las armas, que aquí solo hay niños comiendo”. Una bala del comando 2270 le atravesó la traquea.
Después de su muerte las paredes del barrio, de la ciudad entera se llenaron de bicicletas aladas y de inscripciones “Claudio vive”. “Bajen las armas, que aquí solo hay pibes comiendo”

viernes, 23 de octubre de 2009

miércoles, 14 de octubre de 2009

LA GALERIA DEL MALECON


SABIDURIA CALLEJERA


SERPIENTES DE ARENA

Volvió de uno de sus viajes contando que en lo más profundo del Desierto del Sahara, en un lugar donde el oasis más cercano está a más de una semana a lomos de camello, habitan unos seres bajo la arena, que solo salen a la superficie cuando el sol se pone y la temperatura baja de cero grados.
Estos seres, de cuerpo transparente, cuya forma recuerda vagamente la de las serpientes, pueden llegar a medir hasta cuatro metros de longitud y poseen una especie de largos brazos acabados en palas, con las que excavan galerías en la ardiente arena que hay bajo las dunas. Sus ojos sin pupila se protegen con un párpado fino y transparente que siempre llevan bajado, lo que les permite ver sin que los diminutos cristales multicolores les rayen la mirada.
Algo parecido a unas escamas, violetas y duras, cubren la mitad anterior de su cuerpo. Aunque el viajero pensó que servían para proteger su hermosa piel traslúcida, después de varios encuentros con ellos, descubrió que en realidad cada una de esas escamas es un sofisticado aparato auditivo, que les permite oír el más leve murmullo a muchos metros de profundidad y a varios kilómetros de distancia. Esto es muy importante, pues estos seres, cuyo nombre el viajero no supo decirme, se alimentan exclusivamente de las canciones e historias que nacen alrededor de las hogueras, cuando las caravanas se detienen para descasar en sus largas travesías hasta Tombuctú.
Aunque su aspecto es inquietante e incluso algo repulsivo, tienen un carácter dulce y cariñoso, y no es extraño verlos, ahítos de historias, acurrucados y azules entre los pliegues de las túnicas de los tuaregs dormidos o sobre las cuerdas que tensan las jaimas.
Antes del amanecer, vuelven a zambullirse bajo la arena, pues el ardiente sol del desierto puede matarles, por lo que el viajero, que aseguraba que eran totalmente reales y que él los había visto en multitud de ocasiones, cuando los ministros del sultán le amenazaron de muerte si no les traía un ejemplar de su siguiente viaje, tuvo que admitir, que quizá los había soñado.

EL HORMIGUERO




Llevaban meses haciéndole pruebas: oftalmólogos, neurólogos, alergólogos, hasta un equipo de psiquiatría. Finalmente, ganaron la partida los neurocirujanos y concluyeron que esos hormigueros laboriosos que veía sobre cada uno de los objetos que enfocaban sus ojos, como un dibujo hecho en acetato y colocado sobre una imagen, eran parte de la sintomatología típica de una malformación en su conducto medular.
Había que intervenir. La operación era muy sencilla, le dijeron. No duraría más de siete horas. Tan solo había que abrir a la altura de la nuca y despejando músculos, tejidos y venas, llegar a las vértebras, que como estorbaban un poco, serían limpiamente seccionadas hasta acceder al conducto medular. Una vez en él, se ensanchaba con los instrumentos adecuados, hasta que dejaba de presionar el bulbo raquídeo.
No se asustó, confiaba en los médicos, pero sobre todo sabía que no podría seguir conservando la cordura si seguía conviviendo mucho más tiempo con obreras laboriosas, con hormigas soldados de feroces mandíbulas, con las celdillas de las larvas aumentando de tamaño día a día. Y lo peor de todo, en un par de semanas, se produciría la eclosión de las que podrían llegar a convertirse en reinas...

lunes, 21 de septiembre de 2009

LISBOA




Acabo de volver de Lisboa, la blanca, la empinada, la de las fachadas de azulejos preciosos, la de la gente amable, la de música de todo tipo, la nostálgica, la generosa, la de los poetas y pintores, la de las plazas de vegetación exuberante y callejones con olor a orines, la portuaria, la marinera, la snob, la africana, la modernista, la antigua. En un atardecer desde un mirador del Barrio Alto he aprendido el significado de la palabra "saudade" y callejeando por La Alfama he creido oir cantar como se cantaba hace años en el Albaycin. Estoy agotada y llena. Tengo la casa patas arriba, el pelo estropajoso y la nevera vacia. El frio ha llegado a mi ciudd dormida.




¡Bienvenido otoño!

martes, 21 de julio de 2009

LA CASA DEL CABRERO




LOS HUERTOS, 3.LA CASA DEL CABRERO


No quisieron venir. Cuando dijimos después de comer que nos íbamos hasta el río dando un paseo, ellas no vinieron. Almu estaba agotada. Dormida sobre una manta en el suelo del patio. Yo pensé, como no tenga cuidado cogerá frío y luego le va a doler la tripa, pero nadie me hizo caso. Le eché una manta. Christine prefirió también quedarse leyendo, acomodada sobre una tumbona. La verdad es que yo al principio no le di importancia. Creo que ninguno se la dimos. Se quedaban las dos juntas, y la casa y el patio estaban aparentemente tranquilos. Aparentemente.
El resto salimos, tan contentos, en dirección al río. Hicimos fotos, escuchamos el canto de la oropéndola, tropezamos en las piedras de la vía abandonada, nos perdimos entre los pasillos que hacen los chopos y antes de que transcurrieran dos horas ya estábamos de vuelta. ¡Hola, chicas!¿Dónde estáis?. En el patio no había nadie. La manta donde Almudena se había quedado dormida seguía tendida en la hierba, caliente aún el hueco de su cuerpo. La tumbona de Christine, en el sitio exacto donde la dejamos. Apoyados en el tronco de un ciruelo, dos bolsos que supusimos suyos. “Se habrán subido a los sofás de arriba, aquí hace ya un poco de fresco”, pero arriba no estaban, ni en el baño, ni en el dormitorio, ni siquiera en el cuartito que está pegado al garaje, ese que está siempre lleno de avispas muertas y tiene una luz tan bonita. “Habrán salido ellas también a dar un paseo, si queréis las llamamos al móvil”. Del pie del ciruelo salió una musiquilla de lata. Era el teléfono de Christine. Cuando llamamos al de Almudena una voz, también de lata nos indicó que “el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura”. Empecé a inquietarme. La idea de que se hubieran ido las dos solas a dar un paseo, sin avisarnos, sin dejar una nota siquiera, no me parecía muy creíble. Sabía que a Christine no le gustaba demasiado el campo y aunque Almudena era impredecible, la había visto tan exhausta que hubiera jurado que no había salido de casa por voluntad propia. Me acordé del cabrero. No dije nada.Volvimos a sentarnos todos alrededor de la mesa del patio donde habíamos comido. Estaba empezando a anochecer. En el piso de arriba, comenzaron los crujidos. Vigas que se asientan, tejas que se mueven cuando los pájaros vuelven al nido construido bajo ellas, canalones que suenan bajo una corriente de agua inexistente. Todos hacíamos como que no oíamos nada, y cuando los ruidos eran tan evidente que no podíamos obviarlos, aparentábamos que no eran más que eso, vigas que se asientan y tejas que se mueven por los pájaros. Cada poco alguno de nosotros decía: “Voy a salir un momento a la esquina de la calle, a ver si las veo”, pero nadie se movía. De fuera, de la chopera cercana, comenzó a subir un olor a lodo y a carbonera. También un ruido de vendaval que nos hizo imaginar a los árboles doblándose desde sus cuatro metros hasta el suelo, agitando enloquecidos sus hojas. Dentro del patio, no se agitó ni una brizna de hierba. Todo permaneció inmóvil como nosotros. Y Almudena y Christine no estaban.

martes, 19 de mayo de 2009

FRAGILIDAD


"En un mundo descomunal

siento mi fragilidad"


Lucha de Gigantes. (Antonio Vega)


El equilibrio era difícil, pendía de cosas tan livianas como la cabeza de la cerilla que se rompe encendida cuando queremos prender el gas para hacernos el café; de una sombra que se nos cuela en el último sueño, cuando ya el canto del mirlo nos hace presentir el día. Bastaba un escalofrío al entrar en la ducha para que el mundo se le cayera encima y tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas y ponerse a buscar en algún sitio, una razón que le impidiera coserse los ojos y el corazón con cuchillas de afeitar. Pero no siempre era el abismo y el miedo. A veces el mundo era un inmenso regalo creado exclusivamente para ella, y entonces se creía capaz de todo. No necesitaba dormir ni comer. Los días se le volvían escasos para sentir, percibir, soñar y el final entraba en un espacio de delirio y ansia insatisfecha que la dejaba tirada, como un trapo sucio en mitad de la noche. Si, el equilibrio era difícil.
Esa madrugada heló, aunque era casi mayo heló y el rumor de motor viejo que hacía la ciudad al despertarse la sorprendió en un rincón del parque, con la espalda pegada a un castaño de indias y los ojos como platos, enrojecidos de frío y de mirar las sombras. Llevaba días ¿cuantos? deambulando por calles, parques, estaciones de metro, cementerios, bares. Hablando con todos, llorando con todos, abrazándose a todos. Pero ya no más. Ahora quería estar sola. Sola y quieta. Sola y callada. Tenía frío. De repente se dio cuenta de que tenía mucho frío y quiso levantarse, pero las piernas no le hicieron caso, entumecidas de escarcha e inmovilidad. Tuvo un momento de pánico. Pensó: ya nunca más podré caminar. Se chupó un dedo y dibujó con él una cruz en cada una de las piernas Un gesto absurdo aprendido de su abuela. Enseguida un doloroso hormigueo. La sangre volviendo a correr, tumultuosa, por sus venas. Salió del parque. Estaba amaneciendo. Tenía ganas de volver a casa. En la rama de un espino, el rocío le ponía brillos a una tela de araña. Lo tocó con la punta de sus dedos. Se deshizo. Si, el equilibrio era difícil.

martes, 14 de abril de 2009

LA FLOR DE LA CANELA

Eran tres y entraron corriendo al vagón. Miraron a uno y otro lado para cerciorarse de que no había ningún vigilante e inmediatamente se pusieron a tocar. Guitarra, bombo y quena. Aunque no era una hora punta, el metro iba bastante lleno y los absurdos sombreros de mariachi que llevaban eran algo más que un estorbo. Entre San Bernardo y Noviciado se paseaba “La Flor de la canela” ante la más absoluta indiferencia de los viajeros que a juzgar por la impasibilidad de sus caras, se habían quedado repentinamente sordos. Seguramente hubo un error de cálculo, porque cuando aún estábamos con los jazmines en el pelo, el tren se detuvo y los tres se bajaron tan atropelladamente como habían subido, sin tener tiempo para las rosas en la cara ni para pasar uno de los sombreros ante tan apática concurrencia. Seguramente se evitaron una decepción. En la calle era noviembre y llovía

miércoles, 25 de marzo de 2009


SERVICIO PUBLICO

Llueve, después de meses sin caer una sola gota de agua, esta tarde la ciudad se ha anegado en un llanto espeso y plomizo. Te inquieta, sabes que eso lo hará todo más difícil. Son las siete y cuarto. Pides un taxi por teléfono, pero la operadora no te asegura que llegue antes de quince minutos. No puedes esperar tanto. Coges la maleta y bajas apresuradamente a la calle, esperando encontrar alguno libre. El tráfico, como ocurre siempre en los días de lluvia, es un caos de luces semiparadas. A pocos metros de ti hay un anciano con aspecto distinguido que parece buscar lo mismo que tú. En la esquina se detiene un taxi ocupado y casi sin dar tiempo a que se baje la pareja que va dentro, te cuelas percatándote de que has olvidado el paraguas en casa. No te importa, como tampoco te importan los gestos airados que te dirige el anciano, que al parecer no era tan distinguido. Ahora lo único importante es llegar a tiempo para coger ese tren.
Saludas al taxista y le pides que te lleve a la Estación Central de Ferrocarril. Intente apresurarse, le dices, tienes que coger un tren a las ocho. El individuo se vuelve y te obsequia con una sonrisa sucia. Si tanta prisa tiene, tomaremos un atajo, señora. Ya ha visto como está el tráfico por aquí. Instintivamente desconfías, pero intentas tranquilizarte diciéndote, que ese hombre solo quiere que llegues a tiempo.
El coche gira en cuanto puede hacia la izquierda y abandona las avenidas principales, que a esa hora ya se han convertido en un estruendo de cláxones y faros detenidos. Pasa por estrechas callejuelas donde parece que alguien se ha entretenido en volcar todos los contenedores de basura. Tu reloj marca las ocho menos veinticinco y no tienes ni idea de donde estás. Ahora llueve con tanta fuerza que es difícil ver a más de un metro. Al final de una avenida oscura y desierta, una grúa impide el paso. De los labios del taxista brota una cascada de maldiciones y en una brusca maniobra da marcha atrás y gira. Tu voz está llena de angustia cuando le preguntas ¿dónde estamos? ¿Está aún muy lejos la estación?. Ya son las ocho menos cuarto y a través del retrovisor te parece adivinar una mueca llena de sadismo en la cara del tipo, que no se digna en contestarte. Por tu espalda corre un sudor frío. Al fin dice: lo tienes un poco difícil, princesa. Me parece que hoy no coges tú ese tren. Esa idea te resulta inconcebible. Oyes tu voz como si viniera de lejos diciendo: usted no lo entiende, es un asunto de vida o muerte que yo coja ese tren y te sorprende el tono de dureza y persuasión que estás empleando. Le adulas, le amenazas, le mientes una historia lacrimógena, le ofreces pagarle el doble de lo que marque el taxímetro si consigue que llegues a tiempo. El tipo no contesta pero para el coche en seco. Cuando estás al borde de un ataque de pánico, levantas la vista. En el reloj de la estación, ante ti, las agujas marcan las ocho menos cinco.

ARACNE







Hace mucho que estoy sola, tanto que ni me acuerdo. Mis últimos hijos se fueron hace tiempo. Creo que soy vieja. Mis patas están perdiendo esa consistencia peluda y ágil que me hacía tan rápida y eficaz ante las presas. En un instante trenzaba a su alrededor una soga pegajosa que las inmovilizaba y las dejaba a mi merced. Así, me lanzaba voraz hacia ellas y clavándoles mi mandíbula, succionaba su esencia hasta dejarlas convertidas en un cascarón vacío. No me saciaba. Así era y estaba bien. Ahora estoy cansada, pero aún soy capaz de tejer despacito una trampa de encaje y esperar a que mi comida se pose en ella. Ahora tengo menos hambre y más paciencia. Pero me aburro. Dormito casi todo el tiempo y solo me animo cuando noto en mi tela la vibración de un pequeño ser que agita las alas enredado en ella. Entonces me acerco despacio, lo inspecciono, lo rozo apenas con la punta de mis patas, huelo su miedo. A veces tomo un pequeño bocado, me gusta recordar el sabor de la vida. Pero casi siempre me compadezco, le inyecto una dosis de esta esencia, que lo mata y a la vez lo conserva y lo dejo allí hasta que se apaga.
En este mundo oscuro y húmedo es importante tener comida de reserva.